El artista plástico Carlos Alonso, considerado una de las figuras fundamentales de la pintura argentina del siglo XX, falleció este lunes a los 97 años en Unquillo, localidad de la provincia de Córdoba donde residía. Su trayectoria estuvo definida por una propuesta visual renovadora, una estrecha relación con la literatura y una mirada crítica frente a la violencia política de su país.
Nacido en 1929 en la provincia de Mendoza, Alonso inició allí su formación y sus primeras experiencias artísticas. Posteriormente se trasladó a Tucumán, donde se vinculó con el entorno del pintor Lino Enea Spilimbergo, uno de los maestros destacados del arte argentino. Durante esa etapa también tuvo contacto con creadores como Antonio Berni y Carlos Castagnino.
Desde mediados del siglo pasado, Alonso logró reconocimiento por un lenguaje propio que combinaba dibujo, pintura y una intensa exploración de la figura humana. La aceptación alcanzada por su trabajo le permitió participar en proyectos editoriales relacionados con obras esenciales de la literatura universal y argentina.
Una obra conectada con los clásicos
Entre sus trabajos más conocidos figuran las ilustraciones realizadas para ediciones de Don Quijote de la Mancha, Martín Fierro y La Divina Comedia. Estas interpretaciones contribuyeron a extender su presencia más allá de las salas de exposición y acercaron su universo visual a lectores de distintas generaciones.
Su producción, sin embargo, no quedó limitada al acompañamiento de textos literarios. Alonso desarrolló una obra atravesada por asuntos sociales y políticos, en la que examinó el poder, el sufrimiento y la fragilidad del cuerpo. Esa dimensión adquirió especial notoriedad en una serie que relacionaba una célebre escena anatómica pintada por Rembrandt con la muerte de Ernesto “Che” Guevara en Bolivia.
El tratamiento de la violencia y la represión colocó al artista bajo la vigilancia de los mecanismos de censura durante la dictadura cívico-militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983. Su lenguaje figurativo funcionó como una herramienta de denuncia en momentos en que la persecución y el control estatal restringían la expresión cultural.
Censura, destierro y una pérdida familiar
En abril de 1976, pocas semanas después del golpe de Estado, Alonso presentó la exposición El ganado y lo perdido. La muestra cobró un sentido particularmente incómodo para el nuevo régimen debido a su representación de la violencia, por lo que terminó clausurada en medio del avance de la represión.
La presión política lo obligó a abandonar Argentina en 1977. Ese mismo período dejó una herida determinante en su historia personal: su hija Paloma fue detenida y desaparecida por la dictadura. La pérdida atravesó su vida y reforzó en su producción posterior la reflexión sobre la memoria, el dolor y las consecuencias del autoritarismo.
Tras aquellos años, Alonso mantuvo una presencia relevante dentro de la cultura argentina y continuó siendo valorado por la fuerza expresiva de sus imágenes. Su trabajo quedó asociado tanto a la renovación de la pintura figurativa como a la defensa de la memoria histórica frente a los intentos de silencio.
La muerte del artista en Unquillo cierra una trayectoria de varias décadas en la que creación y experiencia personal se mantuvieron profundamente enlazadas. Su legado incluye pinturas, dibujos e ilustraciones que documentan las tensiones políticas y humanas de Argentina, al tiempo que dialogan con algunas de las grandes referencias del arte y la literatura.
