El matcha ha pasado de ser una preparación vinculada a la tradición japonesa a ocupar un lugar visible en cafeterías, redes sociales y menús asociados con el bienestar. Su color verde intenso, su sabor particular y la posibilidad de consumirlo frío o caliente han impulsado su popularidad entre personas que buscan una alternativa al café y al té convencional.

Esta bebida se obtiene de la Camellia sinensis, la misma planta de la que proceden otras variedades de té. Para producir matcha se utilizan hojas destinadas a elaborar tencha, cuyas plantas son cubiertas antes de la cosecha para reducir su exposición al sol. Ese proceso modifica la concentración de algunos de sus componentes y contribuye a su tonalidad característica.
Después de la recolección, las hojas son procesadas y molidas hasta convertirse en un polvo fino. Esa presentación marca una diferencia relevante frente a una infusión común: en el té tradicional las hojas se colocan en agua y luego se descartan, mientras que al preparar matcha se ingiere la hoja pulverizada. Por esa razón, el consumidor recibe una proporción mayor de los compuestos presentes en la planta.
Antioxidantes y otros componentes
Entre las sustancias que más interés generan se encuentran las catequinas, pertenecientes al grupo de los polifenoles. Estos compuestos poseen actividad antioxidante, vinculada con la protección de las células frente a los radicales libres, y han sido estudiados por sus posibles efectos antiinflamatorios. El matcha también aporta clorofila, ácidos fenólicos, rutina, quercetina y vitamina C.
La nutricionista Zoagly Pichardo señala que la bebida contiene además L-teanina, un aminoácido relacionado en distintas investigaciones con funciones cognitivas y neuroprotectoras. A este se suma la cafeína, que puede favorecer temporalmente la atención y el estado de alerta, además de intervenir en el metabolismo energético.
La combinación de cafeína y L-teanina constituye uno de los principales atractivos atribuidos al producto. Sin embargo, los resultados pueden variar según la cantidad utilizada, la frecuencia de consumo y la sensibilidad individual. También se investigan posibles relaciones entre los polifenoles del té verde, la microbiota intestinal, el manejo de los carbohidratos y los niveles de grasas en la sangre, aunque esas asociaciones no convierten la bebida en un tratamiento médico.
La cafeína exige precaución
Aunque suele presentarse como una opción más ligera que el café, el matcha puede contener una cantidad importante de cafeína. La concentración depende del producto, la porción y la manera de prepararlo. Debido a que se consume la hoja completa, una taza podría aportar más estimulante que algunas versiones del té verde infusionado.
Por ello, las personas sensibles a la cafeína deben vigilar reacciones como dificultad para dormir, nerviosismo, palpitaciones o molestias digestivas. También conviene evitar su consumo en grandes cantidades o cerca de la hora de acostarse. Quienes estén embarazadas, tengan alguna condición de salud o utilicen medicamentos deben consultar a un profesional antes de incorporarlo de forma habitual.
Importan la cantidad y la preparación
Los especialistas recomiendan consumirlo de manera moderada, preferiblemente sin exceso de azúcar. Algunas presentaciones comerciales, especialmente bebidas preparadas con siropes, cremas o leches endulzadas, pueden contener una carga elevada de calorías y azúcares añadidos que modifica su perfil nutricional.
El creciente interés por el llamado “oro verde” combina una tendencia gastronómica con características reales de su composición. No obstante, sus eventuales beneficios dependen del contexto general de la alimentación. Tomado ocasionalmente, en cantidades prudentes y sin abundantes endulzantes, puede formar parte de una dieta variada, pero no reemplaza hábitos saludables, seguimiento médico ni tratamientos indicados.
